El ventilador de El Bohemio giraba con esa lentitud que anuncia las conversaciones incómodas. Sobre la mesa del rincón, Anacleto había desplegado una serie de recortes. Algunos mostraban titulares de los años noventa: «Suspendidas las garantías», «Solo los ricos podrán comprar medicinas», «No hay harina de trigo». Otros, capturas de pantalla con una frase que se repetía hasta el cansancio: «Cuando éramos felices y no lo sabíamos». Yo estaba allí, como siempre, al lado de Anacleto, tomando nota de lo que se decía. A su alrededor, todo el grupo de costumbre, sumado a unos cuantos parroquianos, esperaban con esa atención de quien no viene a que le digan qué pensar, sino a pensar en voz alta.

El pichón de periodista soltó la primera inquietud. «Anacleto, en las redes no se habla de otra cosa: «cuando éramos felices y no lo sabíamos». Dicen que antes de Chávez, Venezuela era un paraíso. Recuerda que apenas tengo veintitrés años. ¿Qué hay de cierto en eso?»

Anacleto no respondió de inmediato. Encendió un cigarrillo con esa parsimonia de quien sabe que las grandes ironías no se entienden con prisas. Exhaló el humo hacia el techo y lo vio deshacerse contra las aspas. «Camarita, ahí está la primera mentira. Si éramos tan felices, ¿por qué el pueblo salió a votar en masa por Chávez? ¿Por qué hubo Caracazo? ¿Por qué hubo un “cuatro de febrero”? ¿Por qué los cerros de Caracas crecían y crecían? ¿Por qué los postes de electricidad en los sectores populares maracaiberos parecían una telaraña de tanto cable “pega’o” ilegalmente?  La felicidad no se va a pedir a gritos en la calle, la felicidad no quema autobuses. La desesperación, sí.»

La profesora, con ese dejo de ironía que no disimulaba, desplegó un informe sobre la cuarta república. «Anacleto, los recortes de la época son elocuentes. «Solo los ricos podrán comprar medicinas», titulaba Últimas Noticias en abril del 90. «Treinta mil empleados serán liquidados. Eliminado el Seguro Social». «A quien se le caiga el rancho se va de Caracas», decía el Gobernador. Eso no era paraíso. Eso era un infierno con corbata.»

Anacleto apagó un cigarrillo y encendió otro, su ritual del pensamiento. «Profesora, ahí está la verdad que la opudrición quiere enterrar. La cuarta república no era un paraíso: era una finca. Los dueños eran los adecos y los copeyanos. Los peones éramos nosotros. Y cuando el peón se cansó, salió a la calle; y cuando salió a la calle, lo reprimieron; y cuando lo reprimieron, parieron el 27 de febrero. Eso no es felicidad. Eso es hambre con miedo.»

El coronel retirado, con su voz grave de quien ha visto muchas batallas difíciles de ganar, se inclinó sobre la mesa. «¿Y las sanciones? ¿No son una excusa para tapar los problemas del país?»

Anacleto apagó el cigarrillo contra el cenicero de latón, tamborileó con sus dedos sobre la mesa y respondió: «Coronel, ahí está la hipocresía. Si dicen que las sanciones son una excusa, que las quiten y verán que la excusa se acaba. Estados Unidos impuso más de mil sanciones y bloqueos. PDVSA no podía vender su petróleo. O mejor dicho: no podía cobrarlo. Porque el Swift, el instrumento financiero de Estados Unidos, prohibió cualquier transacción con Venezuela. Nadie podía pagar nuestro petróleo, ni nuestro oro, ni nuestro hierro. Nos retuvieron toneladas de oro en Inglaterra; nos impedían comprar alimentos y medicinas. Y cuando lográbamos triangular con otros países, perseguían con amenazas a los compradores. Eso no es una excusa. Eso es una guerra económica.»

Hizo una pausa. Carmen le acercó un café negro cerrero sin preguntar. Anacleto dio un sorbo antes de continuar. «Pero hay algo más profundo. El «felon convicted» se reunió con los empresarios petroleros, y ellos le dijeron en sus narices que habían salido de Venezuela no por culpa de Maduro, sino por sus políticas punitivas. Y el secretario del Tesoro dijo: «Paulatinamente quitaremos todas las sanciones a Venezuela». ¿Qué quiere decir eso en criollo? Que las sanciones eran el problema. Y que ellos lo sabían.» Se secó el sudor de la frente con el pañuelo a cuadros. No sonrió esta vez. «Camarita, no voy a caer en la trampa de decir que aquí no hay problemas. Los hay. La luz, el agua, el sueldo mínimo digno —no ingreso mínimo, ¡sueldo!—, la vialidad en algunos sectores, la delincuencia en otros, la recolección de basura, la limpieza de cañadas, los insumos para los módulos de Barrio Adentro, el transporte escolar. Unos son de mayor intensidad, otros son leves, pero todos son dificultades que hay que palear. Nadie lo niega.» Hizo una pausa. Tamborileó con los dedos sobre la mesa antes de continuar. «Pero una cosa es reconocer los problemas y otra es hacerse eco de la fábula. Porque muchos padres y abuelos no les han contado a sus hijos y nietos la verdad. Y yo se la voy a refrescar ahora: comprar casa, carro, línea blanca, no era un sueño. Era una pesadilla. Y si no, pregúntenle a la clase media baja, pregúntenle a los pobres: ¿por qué no los tenían? Porque no podían. Porque el sueño de la cuarta república era un sueño de vitrina: se veía, pero no se tocaba. Era como decía ese gran poeta Venezolano Andrés Eloy Blanco: “… con los ojos estáticos y las manos vacías, que empañan su renuncia, soplando los cristales en los escaparates de las confiterías..”. No, no podían tocar, se quedaban mirando desde afuera. Eso no es felicidad. Eso es resignación con escaparate.»

El boticario, fiel a su papel de ingenuo estratégico, movió la cabeza. «Pero Anacleto, ¿y las misiones? ¿No fueron un pago del gobierno a los pobres?»

Anacleto sacó su pañuelo a cuadros para secarse el sudor de la frente. «Boticario, ahí está la mentira más grande. Las misiones no fueron un pago: fueron una deuda. Barrio Adentro llevó médicos a los barrios donde nunca había habido médicos; Robinson y Ribas acabaron con el analfabetismo; Milagro devolvió la vista a los olvidados; Vivienda construyó más de cinco millones de hogares para familias que nunca habían tenido techo propio; Mercal llevó alimentos a precios solidarios; Hogares de la Patria asistió a los más necesitados; Amor Mayor atendió a los adultos mayores que la cuarta república había abandonado. Eso no es un pago. Eso es justicia. Y la justicia no se paga con dinero: se paga con memoria.»

La estudiante de sociología, que había estado tomando notas, levantó la mano como en clases. «Anacleto, ¿y la corrupción? Dicen que aquí también hubo robo.»

Anacleto exhaló una bocanada de humo con lentitud deliberada. «Mi niña, aquí hubo corrupción. Nadie lo niega. Rafael Ramírez fue presidente de PDVSA y ministro de Hidrocarburos, y hoy es un prófugo de la justicia que ningún país nos quiere enviar. Pero una cosa es reconocer la corrupción y otra es usarla para tapar la historia. La cuarta república también robó. Y robó más. «Con los adecos se vive mejor porque roban y dejan robar», decían. «Todos los días sale un pendejo a la calle. El que lo encuentre es suyo». Esas eran las máximas de la época. Y los que hoy piden sanciones, bloqueos e invasiones son los mismos que se beneficiaron de esas máximas. No han cambiado. Solo cambiaron de trinchera.»

Dio una calada larga, como quien saborea una verdad que viene de lejos. Dejó el cigarrillo humeando en el cenicero de latón. «Camarita, y hay algo más que la opudrición no quiere recordar. Para entrar a una universidad no era la prueba de aptitud académica lo que tenías que pasar. Era la «operación colchón». Y no importaba de qué sexo fueras. Si eras de «clase media alta» con contactos, podías «pagar» por el cupo. Así funcionaba la cuarta república: pon al lobo a redactar las leyes y verás que devorar a las ovejas no es un delito.» Hizo una pausa. Carmen le acercó un café sin preguntar. Anacleto dio un sorbo antes de continuar. «Por eso le digo, camarita: volver felizmente atrás en el tiempo requiere más una buena imaginación que una buena memoria. Porque, como decía Albert Einstein, «todo lo que el hombre ignora, no existe para él. Por eso el universo de cada uno se resume en el tamaño de su saber». Y si a eso le sumamos lo que decía Joseph Pulitzer —que con el tiempo, una prensa mercenaria, demagógica, corrupta y cínica, crea un público vil como ella misma—, tenemos de dónde sale esa infame expresión de «cuando éramos felices y no lo sabíamos». No es nada nuevo. Es la misma prensa de siempre, con el mismo libreto de siempre.»

El viejo periodista, con esa sabiduría de quien ha visto demasiados «ires y venires», soltó la libreta, encendió un cigarrillo e intervino. «Anacleto, Hemingway escribió que «el mundo rompe a todos, y después muchos se hacen fuertes en los lugares rotos». ¿No es esto un ejemplo?»

Anacleto sonrió, esa sonrisa de quien sabe que la hipocresía, cuando se disfraza de virtud, termina por desnudarse sola. «Exacto, camarita. Venezuela se rompió con las sanciones, con el bloqueo, con la guerra económica. Pero en los lugares rotos se hizo fuerte. Hoy, a pesar de los pesares, lleva más de dieciocho trimestres de crecimiento. Ha logrado autosuficiencia alimentaria: todo lo que comemos es de producción nacional. Y eso, camarita, no lo logró la cuarta república. Lo logró este gobierno, con bloqueo y todo. Por eso les duele. Por eso inventan la fábula de «cuando éramos felices». Porque no pueden aceptar que en el lugar roto, floreció algo.»

Carmen, desde la barra, dejó el trapo y se apoyó en el mostrador. «Anacleto, y la gente que dice que las sanciones son un cuento. ¿Qué le dice usted a esa gente?»

Anacleto se levantó y caminó hacia la barra. Carmen le sirvió un café sin preguntar. Se sentó en el taburete, de espaldas a la mesa, y con voz clara y alta, soltó:

«Carmen, le digo que si las sanciones son un cuento, que las quiten. Que las quiten y verán que el cuento se acaba; que las quiten y verán que Venezuela no necesita excusas; que las quiten y verán que el que quiere trabajar, trabaja. Pero no las quitan porque saben que las sanciones son el problema. Y mientras no las quiten, seguiremos aquí, resistiendo, creciendo, construyendo. Porque la felicidad no se espera: se conquista.»

El sindicalista, con voz grave de hombre de calle, golpeó la mesa con el puño. «Anacleto, ¿y el pueblo? ¿Qué piensa el pueblo? ¿Qué dice el pueblo?»

Anacleto se levantó y caminó hacia el ventanal. Se notaba pensativo, con esa meditación de quien sopesa cada palabra antes de soltarla. Carmen le sirvió otro café sin preguntar. Se sentó nuevamente en el taburete y con la voz clara y fuerte dijo: «Camarita, aquí en El Bohemio no se habla sobre el pueblo; se habla desde el pueblo. Y el pueblo, cuando quiere saber de política, no se queda con el rumor. Contrasta con memoria histórica. Recuerda los titulares de los noventa, recuerda las colas, los apagones, la escasez; recuerda a su tío cobrando una pensión que apenas alcanzaba para dos cajetillas de cigarrillos; recuerda las casas de cartón; recuerda a Alí Primera cantando «Las Casas de Cartón». Y cuando recuerda, se da cuenta de que la felicidad de la cuarta república era un cuento para dormir a los niños. Y el pueblo, camarita, ya despertó.»

El coronel retirado, con su experiencia de mil batallas, se inclinó sobre la mesa. «Y entonces, ¿qué nos espera?, ¿qué puede pasar?»

Anacleto no respondió de inmediato. Al menos no con palabras. Se levantó despacio, con ese crujido de huesos que delata más años que victorias, y llevó su taza vacía hasta la barra. Carmen la tomó sin mirarlo, la llenó hasta el borde, y él volvió a su mesa en el rincón. El humo del cigarrillo dibujó un aro perfecto, el primero en muchas tardes, que ascendió lentamente hasta que el ventilador lo degolló sin clemencia, Anacleto apenas esbozó una sonrisa, y soltó: «Coronel, no lo sabemos. Puede que las sanciones se levanten; puede que no. Puede que la opudrición siga inventando fábulas; puede que no. Pero lo que sí sabemos es que la memoria no se borra con un decreto. La memoria se queda. Y mientras la memoria se quede, la fábula de «cuando éramos felices y no lo sabíamos» seguirá siendo eso: una fábula. Porque el que recuerda, no se deja engañar. Y el que no se deja engañar, no vuelve atrás.»

Se levantó de la barra y caminó lentamente hacia la puerta. Me hizo una seña. Se detuvo en el umbral, se medio volteó, con esa costumbre que ya es su sello y sentenció:

«Camarita, hay un refrán venezolano que lo dice todo: «Nadie sabe lo que tiene hasta que lo pierde». Pero aquí es al revés: aquí perdimos la Cuarta República y descubrimos lo que teníamos. Y lo que teníamos era hambre, miedo, silencio. Lo que tenemos ahora es dignidad, aunque nos duela. Y la dignidad, camarita, no se cambia por una fábula. Porque el que cambia dignidad por fábula, termina sin dignidad y sin fábula. Y eso, camarita, es lo que la opudrición no entiende. Ellos quieren que volvamos al cangrejo. Pero nosotros ya aprendimos a ser mariposa.»

Salimos. El Bohemio seguía en pie. Carmen seguía secando las tazas. Afuera, el calor agobiaba a cualquiera menos a los maracuchos, acostumbrados a su “catirito”. Pero adentro, en la mesa del rincón, las notas de Anacleto mostraban en tinta verde una verdad: Las enseñanzas del Maestro no son la medicina; son tan sólo la receta. El Mentor no te lleva a tu destino, solo te da el mapa que te servirá de guía para que encuentres el camino. ¿En verdad eras feliz y no lo sabías?

El cadáver de la felicidad que nunca existió – La cuarta república no era un paraíso: era un país con cifras que la desmienten. Según la UNESCO, en el período 1990-1998, con los métodos de la educación formal, solo se alfabetizaron 76.948 personas en Venezuela. Eso significa que, en los últimos años de la cuarta república, el analfabetismo seguía siendo una deuda social enorme. La Misión Robinson, creada en 2003, alfabetizó a 1.486.000 venezolanos y en 2005 la UNESCO declaró a Venezuela territorio libre de analfabetismo. Si la cuarta república era tan feliz, ¿por qué dejó a más de un millón y medio de personas sin saber leer ni escribir. Además, los titulares de la época no mienten: «Suspendidas las garantías individuales y políticas. Toque de queda en todo el territorio nacional». «Solo los ricos podrán comprar medicinas», titulaba Últimas Noticias en abril del 90. «Treinta mil empleados serán liquidados. Eliminado el Seguro Social». «No hay harina de trigo. Desaparece el pan». «A quien se le caiga el rancho se va de Caracas, dice el Gobernador». Eso no era paraíso. Eso era hambre con miedo. Y si era tan feliz, ¿por qué el pueblo salió a votar en masa por Chávez? ¿Por qué hubo Caracazo? ¿Por qué hubo cuatro de febrero? La felicidad no se va a pedir a gritos en la calle. La desesperación, sí. Esos son datos que la fábula de «cuando éramos felices» no puede negar.

El cadáver del bloqueo que llaman excusa – Las sanciones no son un cuento: son una cifra verificable. Según el Observatorio Venezolano Antibloqueo, al cierre de 2025 Venezuela acumulaba 1.081 medidas coercitivas unilaterales, tras la imposición de 107 nuevas medidas solo en ese año. El viceministro de Políticas Antibloqueo, William Castillo, elevó la cifra a 1.088 sanciones impuestas en once años, de las cuales 1.040 permanecen activas. Esas medidas incluyen sanciones a personas, entidades, empresas privadas y buques, aranceles unilaterales, restricciones tecnológicas, bloqueo aéreo, incautación de cargamentos petroleros y el despojo de Citgo. Si eso es una excusa, es la excusa más cara de la historia. Y si dicen que no afecta, que las quiten y verán.

El cadáver de las misiones que fueron deuda, no pago – Las misiones no fueron un regalo: fueron una reparación. La Gran Misión Vivienda Venezuela, creada en abril de 2011, ha entregado más de 5,58 millones de hogares a familias venezolanas, según el Ministerio de Hábitat y Vivienda, y eso a pesar de las medidas coercitivas impuestas a partir de 2015; la Misión Robinson alfabetizó a 1.486.000 personas y logró que la UNESCO declarara a Venezuela libre de analfabetismo en 2005; la Misión Ribas abrió la educación media a quienes habían sido excluidos y la Misión Sucre llevó la universidad a los municipios donde nunca había llegado; Barrio Adentro puso médicos donde nunca había habido médicos; Mercal llevó alimentos a precios solidarios; Hogares de la Patria asistió a los más necesitados; Amor Mayor atendió a los adultos mayores que la cuarta república había abandonado. Eso no es un pago: es la deuda que la cuarta república dejó impaga durante cuarenta años. Y la deuda se paga con hechos, no con fábulas. Porque el que olvida lo que fue, no sabe lo que es. Y el que no sabe lo que es, no sabe lo que puede ser.

El Pepazo

Fuente original: Diario Digital El Pepazo https://elpepazo.com

https://elpepazo.com/cuando-eramos-felices-y-no-lo-sabiamos/?fsp_sid=102610