Eran poco más de las diez de la mañana y la luz de Maracaibo entraba por el ventanal de El Bohemio cortando la mesa del rincón en dos, como si el sol también quisiera tomar partido. Anacleto había apilado los recortes sin orden: una foto de una firma al pie de un decreto, un titular sobre una reunión en el Despacho Oval, una captura de pantalla con la frase «Hasta el Final», un mapa de rutas aéreas, etc. En la barra, Carmen secaba vasos con la parsimonia de quien ha escuchado demasiadas veces la misma discusión. El viejo ventilador movía el aire caliente sin convicción. En mesas aledañas, el grupo de siempre ocupaba sus sillas, mientras dos parroquianos de mesas cercanas estiraban el cuello.

El viejo periodista entró a última hora con pasos cansados. Saludó alzando la mano y antes de sentarse soltó: «Anacleto, todo el mundo habla de los intentos de la Machado por regresar. Pero yo me pregunto otra cosa: ¿cómo llegó hasta ahí? Porque cuando uno revisa su historia, encuentra de todo: decretos, oenegés, reuniones con presidentes, inhabilitaciones, premios. ¿Quién es realmente esta señora?»

Anacleto no respondió de inmediato. Encendió un cigarrillo con esa parsimonia de quien sabe que las grandes ironías no se entienden con prisas. Exhaló el humo hacia el techo y lo vio deshacerse contra las aspas. «Camarita, ahí está la primera contradicción. La Machado no es una improvisada. Es un proyecto. Y como todo proyecto, tiene etapas, tiene contradicciones, tiene metamorfosis. Hoy se presenta como la líder de la resistencia. Pero mañana, pasado, la semana que viene, puede ser otra cosa. Porque su historia es la historia de una mutación permanente.»

La profesora colocó los documentos uno a uno sobre la mesa, como quien arma un rompecabezas, sin ironía, con la frialdad del archivero que sabe que el papel no miente. Alineó la foto de la firma, el titular, el mapa, la captura, y habló sin mirar a nadie. «Anacleto, su origen no es precisamente popular. Nació en el seno de la élite caraqueña, familia ligada a la siderúrgica y al sector financiero. Ingeniera industrial de la UCAB, con formación en finanzas en el IESA. No viene del barrio… viene del este.»

Anacleto apagó un cigarrillo y encendió otro, su ritual del pensamiento. «Profesora, y ahí está el primer dato que la opudrición quiere olvidar: su nombre aparece entre los firmantes del Decreto Carmona Estanga, el 12 de abril de 2002. Ese decreto disolvió la Asamblea Nacional, el Tribunal Supremo de Justicia y la Constitución de 1999. Después dijo que había firmado una «lista de asistencia». Una lista de asistencia que disuelve poderes públicos. Eso, camarita, es como decir que uno fue a una fiesta y sin querer apagó la luz de toda la cuadra.»

El coronel retirado se recostó hacia atrás en la silla, cruzó los brazos y adoptó el tono de un fiscal que ya ha leído el expediente y espera la confesión. «¿Y Súmate? ¿Qué hay de Súmate?»

Anacleto apagó el cigarrillo contra el cenicero de latón, tamborileó con sus dedos sobre la mesa y respondió: «Coronel, Súmate fue su primera criatura. Se presentó como una organización no gubernamental técnica, para promover la participación y la transparencia electoral. Pero en 2004 fue la plataforma encargada de la recolección, sistematización y validación de firmas para el revocatorio contra Chávez. Y aquí viene el dato: la National Endowment for Democracy, la NED de Estados Unidos, le otorgó subvenciones directas. Aproximadamente 31.150 dólares entre 2003 y 2004. Por eso la Fiscalía General la imputó por traición a la patria, junto a Alejandro Plaz. Primera imputación, no  la última.»

El boticario se limpió los lentes con el borde del delantal, se los puso con calma y preguntó con una sorna que no ocultaba la respuesta que ya conocía. «Pero Anacleto, ¿y la reunión con Bush? Dicen que fue un hito diplomático.»

Anacleto sacó su pañuelo a cuadros para secarse el sudor de la frente. «Boticario, el 31 de mayo de 2005, en el Despacho Oval, fue la primera mujer opositora venezolana recibida como «líder civil» por George W. Bush. Eso no fue un hito diplomático. Fue una señal, la señal de que la Casa Blanca apostaba por la vía no electoral, por la vía insurreccional, en un momento de bonanza petrolera. Y ella aceptó, sin sonrojo, sin preguntas, sin condiciones. Ahí empezó el cabildeo.»

Hizo una pausa. Carmen le acercó un café sin preguntar. Anacleto dio un sorbo antes de continuar. «Después vino la Asamblea Nacional. En 2010 fue electa diputada por Miranda, con la mayor cantidad de votos nominales en el circuito 2. Y lanzó su plataforma: el «capitalismo popular». Privatización masiva de empresas públicas, incluyendo PDVSA y los servicios básicos; reducción del tamaño del Estado; eliminación del control de cambios; sustitución del modelo asistencialista por la figura del «ciudadano propietario». Eso no es populismo. Eso es liberalismo puro, de la escuela de Chicago. Y lo decía sin complejos.»

La estudiante de sociología cerró el cuaderno, lo apoyó sobre las rodillas y miró a Anacleto con la seriedad de quien ha encontrado una contradicción en el texto y quiere que se la expliquen. «Anacleto, ¿y el enfrentamiento con Chávez en la Memoria y Cuenta de 2012?»

Anacleto exhaló una bocanada de humo con lentitud deliberada. «Mi niña, ahí está el hito mediático. 13 de enero de 2012. Chávez presentaba su informe anual ante la Asamblea Nacional. Y ella lo interrumpió para calificar las expropiaciones de tierras e industrias como «un robo». Le dijo: «Expropiar es robar. Cómo puede usted decir que respeta la propiedad privada si se ha dedicado a expropiar». Y Chávez le respondió: «Está fuera de ranking para debatir conmigo; Águila no caza moscas, diputada». Ese intercambio la catapultó ante la clase media alta como la figura de agallas; la que desafiaba al chavismo en su propia casa. Y eso la distanció de la oposición tradicional, de AD, de COPEI, de Primero Justicia. Ellos eran tibios. Ella era la brava.»

El viejo periodista abrió un libro gastado que llevaba bajo el brazo, buscó una página con el dedo, y leyó en voz alta, como quien trae un clavo y lo coloca sobre la mesa. «Anacleto, Orwell escribió en «1984» que «quien controla el pasado controla el futuro; quien controla el presente controla el pasado». ¿No es esto un ejemplo?»

Anacleto no sonrió esta vez. Lo miró con la fijeza del que ya vio la película y espera el final, sin sorpresa pero sin aburrimiento. «Exacto, camarita. Ella quiere controlar el pasado para controlar el futuro. Pero el pasado no se deja. En 2012 compitió en las primarias presidenciales de la MUD contra Capriles, Pablo Pérez y otros. Quedó en tercer lugar, con apenas 3,81% de los votos. Y en lugar de aceptar el resultado, fundó su propio partido: Vente Venezuela. Nunca lo inscribió en el CNE. Se desmarcó de la MUD por considerarla «tibia» o «colaboracionista». Ya desde entonces, el patrón: si no gano, me voy, si no me siguen, los acuso, si no me aceptan, los ataco.»

El sindicalista se pasó la mano por la cara, como quien se quita el sudor y la paciencia, y preguntó con voz ronca. «Anacleto, ¿y «La Salida»? ¿Y las guarimbas de 2014?»

Anacleto se levantó y caminó hacia el ventanal. Se notaba pensativo, con esa meditación de quien sopesa cada palabra antes de soltarla. Carmen le sirvió otro café sin preguntar. Se sentó nuevamente, de espaldas a la mesa, pero con  voz clara y fuerte dijo: «Camarita, ahí está la etapa más oscura. En febrero de 2014, en alianza con Leopoldo López y Antonio Ledezma, promovió el movimiento «La Salida». El objetivo declarado era forzar la renuncia o la sustitución inmediata de Maduro mediante presión de calle, manifestaciones violentas y barricadas; Guarimbas, para decirlo en criollo. El balance: 43 fallecidos, cientos de heridos, severos daños a la infraestructura pública. Y mientras eso ocurría, ella seguía en la Asamblea Nacional. Hasta que el 21 de marzo de 2014 se acreditó como «Representante Alterna» de Panamá ante la OEA para denunciar al gobierno venezolano en Washington. Diosdado Cabello aplicó los artículos 187 y 191 de la Constitución: un diputado no puede aceptar representación diplomática de un país extranjero sin autorización. Y la despojaron de su curul. Ese fue el precio de su primera traición institucional.»

El coronel retirado se quitó las gafas, las limpió con un pañuelo y las dejó sobre el expediente imaginario que tenía delante. «¿Y luego? ¿Qué hizo después?»

Anacleto exhaló una bocanada de humo con lentitud deliberada, tratando de hacer aros con él, logrando apenas uno. «Coronel, después vino el inmovilismo radical. En julio de 2015 la Contraloría la inhabilitó por 12 meses por no declarar ciertos ingresos en su declaración jurada de patrimonio. Y ella, en lugar de corregir, radicalizó. Durante casi ocho años promovió la abstención activa. Boicot a las elecciones de 2018 y 2021. «Votar en dictadura es legitimar al opresor», decía. Y al mismo tiempo, promovía la aplicación del TIAR, el Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca; solicitaba la activación del principio de Responsabilidad de Proteger de la ONU para autorizar una intervención militar multinacional en Venezuela. Es decir: no quería votar, pero quería que bombardearan su “patria”. Esa es la coherencia de la señora.»

Carmen, desde la barra, dejó el trapo y se apoyó en el mostrador. «Anacleto, y las sanciones. ¿Ella las apoyó?»

Anacleto se levantó y caminó hacia la barra. Carmen le sirvió un café sin preguntar. Se sentó en el taburete, de espaldas a la mesa, y con voz clara y alta, soltó: «Carmen, no solo las apoyó: fue una de las voceras que más promovió las medidas coercitivas unilaterales de Estados Unidos. Sanciones petroleras, financieras, de la lista OFAC. Argumentaba que eran necesarias para «asfixiar económicamente a la tiranía». Asfixiar económicamente. Eso significa que los que se asfixian son los niños, los ancianos, los enfermos. Pero ella no se asfixiaba. Ella estaba en Washington, en Madrid, en Bruselas, cobrando premios y dando conferencias. Esa es la ética de la señora: que se asfixien los demás.»

El pichón de periodista no levantó la vista de su libreta. Siguió escribiendo mientras preguntaba, como quien toma nota y quiere que la respuesta quede registrada. «Anacleto, ¿y el giro de 2023? ¿Por qué decidió participar en las primarias si antes decía que votar era legitimar?»

Anacleto lo miró con esa paciencia de quien ya esperaba la pregunta. Apagó el cigarrillo contra el cenicero de latón. «Camarita, ahí está la metamorfosis. A finales de 2022, tras el fracaso del Gobierno Interino y la evaporación de la amenaza de intervención militar extranjera, la Machado realiza un giro de 180 grados. Decide participar en las primarias de la Plataforma Unitaria. ¿Qué había cambiado? Nada. El CNE seguía siendo el mismo. El gobierno seguía siendo el mismo. Pero ella ya no tenía otro camino. La vía insurreccional se agotó, la vía armada se agotó, la vía del cabildeo se agotó. Y entonces, la que decía que votar era legitimar al opresor, se inscribió para votar, sin sonrojo, sin explicaciones, sin memoria.» Hizo una pausa. Carmen le acercó un café sin preguntar. Anacleto dio un sorbo y dejó la taza a un lado, medio vacía como siempre. «Pero ahí no termina la historia, camarita. Ahí empieza la parte que la opudrición no quiere que uno cuente. Porque la señora no solo se inscribió para votar: se hizo contar por su propia casa. Súmate, la criatura que fundó y presidió, la misma que la Fiscalía imputó en 2004 por los dólares de la NED, fue la organización técnica que llevó la cuenta en esas primarias. La candidata y el árbitro, camarita, vestían el mismo uniforme.»

El boticario, que había escuchado en silencio, se limpió de nuevo los lentes con el borde del delantal. «¿Y nadie se quejó, Anacleto? ¿Nadie revisó?»

Anacleto se levantó y caminó hacia el ventanal. La luz de Maracaibo seguía cortando la mesa en dos. «Sí, boticario. Uno revisó. Nelson Rampersad, técnico de la propia comisión organizadora, salió dos días después de la elección a decir en voz alta lo que todos sospechaban: que los números estaban abultados. Y no habló de fraude. Habló de aritmética, que es peor. Dijo que, bajo un sistema de voto manual, las cifras anunciadas eran matemáticamente imposibles; que no había manera de que tantos electores hubieran pasado por unas mesas que no daban abasto; que la participación real no superaba el medio millón de votantes, contra los más de dos millones que anunció la comisión. Y remató con una frase que hiela: «No hubo esa presencia de electores.»»

El coronel retirado se recostó hacia atrás, cruzó los brazos y frunció el ceño. «Pero entonces, ¿el 90% de la Machado es falso?»

Anacleto volvió a la mesa, se sentó y tamborileó con los dedos sobre los recortes. «Coronel, el 90% no es falso. El 90% es huérfano. Porque para saber si un porcentaje es verdad, uno tiene que saber sobre qué base se calcula. Y esa base nadie la puede verificar. Los cuadernos de votación se destruyeron. Sin cuadernos, no hay auditoría y sin auditoría, no hay árbitro. La casa cuenta, la casa gana, y el único técnico que se queja es de la casa. Eso no es un resultado. Eso es un acto de fe.»

La profesora, que había estado alineando los papeles sin decir palabra, levantó apenas la vista. «Anacleto, y la comisión. ¿Qué respondió?»

Anacleto exhaló el humo con lentitud deliberada, tratando de hacer aros, logrando apenas uno. «Profesora, la comisión respondió lo que responden todos los que no pueden probar: que las cifras eran ciertas, que el proceso fue transparente, que el técnico se equivocaba. Pero fíjese en el detalle: la comisión no mostró los cuadernos. No los tenía. Los había destruido. Así que la discusión no se resolvió con pruebas, se resolvió con autoridad. Y la autoridad, camarita, era la casa de la candidata. Ahí está la coherencia de la señora: durante ocho años no votó porque votar legitimaba al opresor. Y cuando por fin votó, se hizo contar por su propia gente, le salió un resultado que nadie pudo verificar, y encima el que lo puso en duda era de su propio equipo. Eso no es ganar. Eso es cobrar.»

La profesora, con cierto dejo de ironía, sentenció: «Anacleto, sobre la inhabilitación de 15 años, la Contraloría la ratificó en junio de 2023, tras la solicitud del diputado José Brito. Por tres motivos: su vinculación con la trama de despojo de activos en el extranjero, su respaldo activo a las sanciones económicas, y su participación en la publicación desautorizada de documentos electorales. ¿Qué me dice de eso?»

Anacleto hizo una pausa y se quedó pensativo. Se acomodó sus lentes de carey para luego precisar: «Profesora, ahí está la factura. La inhabilitación no es un capricho. Es la consecuencia de sus actos. Ella pidió sanciones, promovió invasiones, respaldó el despojo de Citgo, de Monómeros, del oro en Inglaterra. Y ahora dice que la persiguen. No la persiguen. La procesan. La diferencia es simple: al perseguido se le inventa un delito. Al procesado se le imputa uno que cometió. Y ella cometió varios.»

El viejo periodista, con esa sabiduría de quien ha visto demasiados intentos de recolonizar nuestra Latinoamérica, soltó una risa seca al decir: «Anacleto, y los intentos de regreso. ¿Qué hay de cierto en eso?»

Anacleto no sonrió. Lo miró con la fijeza del que ya sabe la respuesta y espera que el otro la diga. «Exacto, camarita. Ahí está el show. Tres narrativas compiten. La oficial: que hay bloqueos internacionales, veto de líneas aéreas, presiones de Estados Unidos que «aconsejan» o impiden su retorno. La de la oposición tradicional: que todo es una farsa teatral para mantener relevancia digital. Y la realidad jurídica: que el Estado venezolano no le prohíbe el ingreso, porque es ciudadana. Lo que le aguarda al cruzar la frontera es el cumplimiento de la ley. Las causas judiciales. Las deudas pendientes. Eso es lo que no quiere. No el gobierno. La justicia.»

Se levantó de la barra y caminó lentamente hacia la puerta. Me hizo una seña. Se detuvo en el umbral, se medio volteó, con esa costumbre que ya es su sello y sentenció: «Camarita, hay un refrán venezolano que lo dice todo: «Perro que ladra no muerde». Pero aquí es al revés: aquí la que ladra desde lejos, no muerde porque no puede. Porque sabe que si muerde, la ley la muerde a ella. Y eso, camarita, es lo que no perdona. No que la persigan. Que la esperen. No que la bloqueen. Que le cobren. La Machado no es una perseguida política… Es una prófuga de la justicia. Y la diferencia, camarita, es la misma que hay entre el exilio y la fuga. El exiliado se va porque lo expulsan; el prófugo se va porque lo buscan. Ella se fue porque la buscan. Y mientras no vuelva a rendir cuentas, seguirá siendo eso: la muchacha del escaparate. La que se ve, pero no se toca, la que promete, pero no cumple, la que ladra, pero no muerde. La Machado no es una perseguida política: es una prófuga con buenos modales. Y los buenos modales, cuando llega la hora de rendir cuentas, no sirven de nada. Sirven las firmas. Y ella firmó. Vaya que firmó.»

Salimos. La puerta de El Bohemio se cerró con un golpe suave. Afuera, Maracaibo seguía su curso, con su catirito ardiendo, su calor y su terquedad infinita, mientras el ventilador adentro siguió girando y chirrieando. Y en el silencio de El Bohemio, la pregunta quedó flotando en el aire, como el humo que todavía no se disipa: ¿Cuándo dejará la Machado de prometer un regreso que no quiere cumplir?

El cadáver de la firma que no se borra – El 12 de abril de 2002, María Corina Machado firmó el Decreto Carmona Estanga. Ese decreto disolvió la Asamblea Nacional, el Tribunal Supremo de Justicia y la Constitución de 1999. Después dijo que había firmado una «lista de asistencia». Una lista de asistencia que disolvía poderes públicos. Ese es el primer dato de su historial. Y no es el único. En 2004, la Fiscalía General la imputó por traición a la patria junto a Alejandro Plaz, por aceptar fondos de la National Endowment for Democracy (NED) para intervenir en asuntos políticos internos. Aproximadamente 31.150 dólares entre 2003 y 2004. Esa fue la primera imputación. No la última. La firma no se borra. El expediente tampoco.

El cadáver de las sanciones que ella pidió – María Corina Machado no solo apoyó las sanciones: fue una de las voceras que más promovió las medidas coercitivas unilaterales de Estados Unidos. Sanciones petroleras, financieras, de la lista OFAC. Argumentaba que eran necesarias para «asfixiar económicamente a la tiranía». El Observatorio Venezolano Antibloqueo registra más de 1.080 medidas coercitivas al cierre de 2025. Esas medidas incluyen sanciones a personas, entidades, empresas privadas y buques, aranceles unilaterales, restricciones tecnológicas, bloqueo aéreo, incautación de cargamentos petroleros y el despojo de Citgo. Mientras ella cobraba premios en Europa y daba conferencias en Washington, los venezolanos de a pie hacían colas para comprar alimentos y medicinas. Esa es la ética de la señora: que se asfixien los demás.

El cadáver del regreso que nunca fue – María Corina Machado dice que quiere volver. Su entorno habla de bloqueos internacionales, veto de líneas aéreas, presiones de Estados Unidos. La oposición tradicional habla de farsa teatral. Y la realidad jurídica es más simple: el Estado venezolano no le prohíbe el ingreso, porque es ciudadana. Lo que le aguarda al cruzar la frontera es el cumplimiento de la ley. Las causas judiciales por traición a la patria, por su vinculación con la trama de despojo de activos en el extranjero, por la publicación desautorizada de documentos electorales. Eso es lo que no quiere. No el gobierno; la justicia. El exiliado se va porque lo expulsan. El prófugo se va porque lo buscan. Ella se fue porque la buscan. Y mientras no vuelva a rendir cuentas, seguirá siendo eso: la muchacha del escaparate. La que se ve, pero no se toca.

 

El Pepazo

Fuente original: Diario Digital El Pepazo https://elpepazo.com

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