Luis Carlucho Martín
Este 2026, un par de sucesos determinantes de nuestra historia cumplen 200 años. Tienen un indudable impacto interno con sello intercontinental, acaso mundial. Uno de esos hechos estuvo liderado por nuestro Padre Libertador, Simón Bolívar. El otro, por José Antonio Páez.
Unionista, como fue su esencia, el espíritu filosófico de Bolívar, orientado a darlo todo en nombre de la libertad, defendió siempre la tesis de la Patria Grande. Por eso, frente a amenazas internas y externas, ante el inobjetable debilitamiento de La Gran Colombia, surge la necesidad de un movimiento cuyo objetivo fuese la unión “panlatinoamericana”, traducido en una Confederación de Repúblicas hispanoamericanas, tal como lo había ideado el precursor Francisco de Miranda –aunque por razones estratégicas desde lo económico, comercial y político.
La asamblea de espíritu unionista contó con la presencia de la Gran Colombia, México, Perú y la República Federal de Centroamérica. Bolivia y Estados Unidos, nadie sabe por qué, llegaron cuando habían concluido las reuniones. Las Provincias Unidas del Río de la Plata, Chile y Brasil no mostraron interés. Paraguay no fue invitado. Gran Bretaña envió un observador y los Países Bajos otro, a título personal.
Entonces es convocado el Congreso Anfictiónico de Panamá y se instaura desde el 22 de junio de 1826 hasta el 15 de julio de ese año. No obstante, la falta de consenso entre los representantes de los países invitados, arteros movimientos políticos, además de intereses económicos transnacionales opuestos a la liberación respecto del Reino de España, hicieron que el intento de Bolívar fracasara. Tal como lo expresó lapidariamente: “El Congreso de Panamá sólo será una sombra…”.
Bolívar mostró su gran decepción ante el inminente fracaso del mayor intento unionista. Vio cómo sucumbía la posibilidad de consolidar la Patria Grande ante los oscuros intereses de las oligarquías regionales que opacaron la visión a mediana y larga distancia, con respecto a las apetencias de gigantes extranjeras con fines imperiales, a los que la fragmentación de las naciones les brindaba ventajas para apoderarse de nuestras riquezas y de la privilegiada ubicación geoestratégica del sur del continente.
Por eso, no dudó el Libertador en pronunciar: «América es para nosotros ingrata… todos hemos de perecer si no nos unimos». Y miren por dónde y cómo andamos transitando casi a la deriva e irremediablemente hacia un desconocido abismo, hoy, 200 años más tarde.
Se impuso el separatismo
Previamente, y como respuesta natural ante el centralismo que gobernaba la Gran Colombia, dirigido por una rancia oligarquía que imponía sus caprichos y tropelías políticas desde Bogotá, otro venezolano, líder guerrero entre los próceres, José Antonio Páez –Presidente cuatro años más tarde–, encabezó un movimiento separatista denominado La Cosiata.
Este movimiento, sin desconocer la autoridad de Bolívar como líder máximo de la Gran Colombia, rechazaba, en primer término, la figura del vicepresidente Francisco de Paula Santander, quien con sus imposiciones oligárquicas evidenció que la llamada Constitución de Cúcuta privilegiaba abiertamente el mandato a favor de Bogotá, lo que atentaba contra las aspiraciones de la cada vez más golpeada autonomía regional.
Por ello se solicitaron urgentes reformas. La burocracia y los intereses netamente colombianos frenaron tanto los procesos que al movimiento se le denomina Revolución de los Morrocoyes. Nunca avanzaron las justas peticiones, lo cual aceleró la debilitación del gran sueño de Bolívar.
Un poco antes de la convocatoria al Congreso Anfictiónico, el 30 de abril de 1826, se proclama la separación de Venezuela de la Gran Colombia durante el Ayuntamiento de Valencia.
Ello implicó un proceso de orden político, social y jurídico que, tres años más tarde, en 1829, tras un sinnúmero de asambleas populares, acuerda la separación definitiva con respecto al gobierno de Bogotá.
Un subcontinente altamente golpeado por egos y propósitos individualistas –o uninacionales en vez de priorizar lo común como una gran patria– iba dando tumbos con su inminente desintegración desde lo político territorial.
Así llegamos al 22 de septiembre de 1830. Con Bolívar muy enfermo y su pupilo, el Gran Mariscal de Ayacucho, Antonio José de Sucre, asesinado, se sanciona definitivamente en Valencia la separación venezolana de la Gran Colombia, lo que hunde otra daga en la diezmada salud del Libertador y marca el nacimiento de la República, llamada para entonces Estado de Venezuela.
Un mes y un día después, el 23 de octubre de ese mismo año, se promulga la primera Constitución de la República de Venezuela… De aquello han transcurrido dos siglos, y Venezuela –quizás América, del centro hasta La Patagonia– aún lamenta y llora aquellos desaciertos políticos de quienes prefirieron la catastrófica separación que abrió puertas a designios imperiales y acabó con el sueño Bolivariano.
El Pepazo
Fuente original: Diario Digital El Pepazo https://elpepazo.com
https://elpepazo.com/a-200-anos-del-congreso-anfictionico/?fsp_sid=16232










